El dolor trae consigo una enseñanza

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Autor: Alicia Schneider Berti – Gustavo Berti

             Todos nacemos para morir. Es un  hecho de la vida, una etapa que se debe cumplir en el ciclo de todo ser viviente y, sin embargo, habitamos en una sociedad  que sobrevaloriza los logros materiales, olvidando los espirituales, que valoriza “”una eterna juventud”” sobre el deterioro natural y el envejecimiento, donde la muerte es una derrota.

            Consecuentemente, la ignoramos, la olvidamos, vivimos cada día de nuestra vida en su total negación,  como seres inmortales, pero un día la muerte llega a nuestro hogar como un huésped no invitado que deja vacía una habitación de la casa y un lugar en la mesa familiar, que hace tambalear con su sola presencia las estructuras más íntimas del pensamiento y de la vida misma.

            Está allí, para quedarse, y no la conocemos; y, sin embargo,  es en la muerte donde hallaremos la clave de nuestra propia existencia, el sentido de la vida misma.

            A veces la muerte llega a través de un lento y doloroso proceso, otras brutal y repentinamente, pero llega y nos demuestra, impiadosamente, que no somos dueños de nuestras vidas, nos hace sentir dolorosamente vulnerables y nos advierte sobre nuestra finitud, pero no estamos preparados para ello.

            Ante la partida de un hijo -a quien difícilmente estaremos preparados para despedir- el dolor es demasiado intenso, desconocido; pareciera que la vida no debería continuar, que el tiempo en su eterno fluir se hubiera detenido en un punto en el espacio, un punto de total incredulidad e irrealidad.

            Nadie sabe qué decirnos; todos escapan ante una realidad que no conocen, que siempre han ignorado y que no saben manejar.

            No puede ser, nos repetimos una y mil veces y, sin embargo, es; y debemos seguir viviendo; pero ¿cómo?, nos preguntamos una y otra vez.

           Debemos captar el mensaje de infinito amor que nuestros hijos al partir nos dejaron y que los hijos que quedan nos recuerdan cada día: dar amor, sólo amor.

           Debemos aprender que todo dolor trae consigo una enseñanza y puede llegar a ser una experiencia regeneradora, es moviéndonos a través del amor, que lograremos llegar más allá de él, más allá de lo inmediato, más allá del materialismo limitante; rescatando de un rincón del corazón los olvidados valores espirituales del hombre, que son los únicos que pueden salvarnos de una vida sin sentido, de una muerte en vida.             

           Debemos recomenzar, es como renacer de las cenizas.

            Entonces la muerte de nuestros hijos no habrá sido estéril, porque es a través de su partida que el verdadero sentido de la vida se comprende; como un tiempo precioso y finito que debemos vivir al máximo, pero de otra manera.

            Son profundas y consoladoras las palabras de la psiquiatra suizo-norteamericana Elisabeth Kübler Ross; “”Todas nuestras investigaciones sobre la vida después de la muerte han revelado, más allá de toda duda, que aquellos que realizan la transición están aún más vivos, amorosamente rodeados de un amor incondicional y una belleza más allá de lo que nosotros podemos imaginar. Ellos no están realmente muertos, solamente nos han precedido en el viaje de la evolución en el que todos nos hallamos embarcados; ellos están con los seres queridos que los han precedido en la muerte, con sus ángeles guardianes, en el reino del amor y la compasión total.””

           La muerte no marca el fin de todo, es sólo una necesaria etapa en la evolución espiritual del hombre, es una parte integral de la vida, la que nos marca el límite de nuestra existencia terrena y nos enseña a apreciarla en su verdadera dimensión para vivirla totalmente, rescatando esa olvidada espiritualidad en nuestro diario vivir para saber prepararnos para que, en el momento de realizar nosotros la transición, saber que no hemos dejado cosas por hacer y en el instante de dejar el capullo, para volar libres de regreso a casa, sepamos que hemos comprendido el mensaje de nuestros hijos, porque hemos dado todo el amor de que fuimos capaces.

               Son nuestros hijos los maestros del verdadero y desinteresado amor y este sentimiento no tiene reclamos ni expectativas, ni siquiera necesita de una presencia física.

           Cuando hayamos encontrado la paz y la aceptación, habremos de trasmitirla a los demás, a los que la necesitan, a los que sufren, a los que aún viven en la oscuridad de la desesperanza y la rebeldía.

 

                                                                                    Alicia Schneider Berti- Gustavo Berti

                                            bertilogoterapia@gmail.com

 

                                              Viernes 29 de agosto de 2013