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Reflexiones de Enrique y Ana Doris Conde sobre Renacer

Quienes hemos perdido hijos, hemos experimentado el efecto de una crisis existencial en la que el mundo que nos rodea desaparece y, encerrados en el propio dolor, no sabemos como salir de allí.

Es probable que para algunos, sintiéndose condicionados por lo que el destino les ha deparado, vivan esta crisis tan solo como un signo de su fracaso.

Sin embargo, ha habido quienes, por no querer seguir viviendo como lo estaban haciendo, han buscado un significado a esta tragedia, luego de la partida del hijo o hija.

Renacer, precisamente, surge desde  el alma de quienes han  buscado el sentido a lo sucedido, encausando sus vidas de una manera distinta a como la estaban viviendo hasta ese momento.

Quizá la primera actitud positiva, fue la de querer salir del egocentrismo que rompe los puentes de la comunicación con los demás, al unirse a sus iguales reconstruyendo, entonces, esos puentes, camino hacia la superación.

Surge así Renacer como un camino en el que, paulatinamente, se van encendiendo luces que iluminan el andar por la vida en forma distinta a lo vivido hasta ahora, pues no somos las mismas personas luego de la pérdida de un hijo.

Aceptar que no somos las mismas personas implica solo dos posibilidades: podremos ser mejores personas o peores personas, otra alternativa no hay y la opción debe ser exclusivamente nuestra.

Para ser peor persona no hay que hacer nada, ni siquiera levantarse de la cama o no  querer seguir trabajando ni hablar con los demás, andando por la calle como quien busca monedas en el suelo.

Renacer toma a cada padre desde el lugar en que él se encuentra, incorporando a cada miembro sin evaluaciones de principiantes y sin coordinadores que autoricen el pasaje de grado; existe allí una igualdad no imaginada en ningún Grupo de Autoayuda o Grupo de Apoyo.

En Renacer no hay normas, plazos ni evaluaciones.

Quienes llegan a Renacer, porque no quieren seguir viviendo como estaban viviendo, en  el primer contacto, al observar la actitud de sus pares, al verlos como el espejo de a donde podrían llegar ellos mismos, surge el  ¿Por qué no yo?, pues si otros han podido avanzar en un camino de superación ¿Por qué no he de poder hacerlo yo también?

Luego, paulatinamente, se van encendiendo luces que iluminan nuestro camino, unas que iluminan nuestra mente, al principio turbada, y otras que iluminan directamente el corazón, ahora abierto al amor incondicional.

Escuchamos repetidamente el mismo concepto, lo cual facilita incorporar su significado a nuestra vida, pues cada vez nosotros no somos los mismos, como magistralmente, lo expresó hace ya más de 2,000 años Heráclito cuando dijo “Nunca nos podemos bañar dos veces en el mismo río.”

         Simultáneamente o en forma alternada nuestra mente y nuestro corazón van incorporando los nuevos conceptos que iluminarán, en lo sucesivo, nuestro camino en la vida.

          Nuestra mente se resiste cuando escucha decir que la partida de nuestros hijos es un hecho del pasado, cuando en la mente y en el corazón están en una permanente presencia, hasta que nos despiertan las palabras de Elisabeth Kûbler Ross: “Todas nuestras investigaciones sobre la vida después de la muerte han revelado, más allá de toda duda, que aquellos que realizan la transición están aún más vivos, amorosamente rodeados de un amor incondicional y una belleza más allá de lo que nosotros podemos imaginar. Ellos no están realmente muertos, solamente nos han precedido en el viaje de la evolución en el que todos nos hallamos embarcados; ellos están con los seres queridos que los han precedido en la muerte, con sus ángeles guardianes, en el reino del amor y la compasión total.”

      En otro momento dijo “Por más absurdo que pueda parecer, el hecho de perder un  hijo podía provocar en los padres un verdadero despertar espiritual.”

      Entonces, el camino se ilumina, aún más al percibir el ámbito espiritual de nuestra naturaleza humana, por el cual Víctor Frankl luchó toda su vida,  y percibimos a nuestros hijos en nuestro futuro, pues cualquiera sea la intuición que tengamos de a donde vamos a ir después de nuestra propia muerte, allí están nuestros hijos esperándonos. Ellos no están en el pasado.

       Se nos presentará la difícil opción de darles permiso y dejarlos libres  para que sean felices en el ámbito en que se encuentran, que tiene, para nosotros, la recompensa de sentir paz interna, aquella que perdimos el día de su partida.

       Luego, seguirán encendiéndose nuevas luces como las que despierta la presencia de otro padre que con su dolor demanda y promueve nuestra ayuda, una tarea que implica dar al otro, el doble de lo que se espera de él.

Cada uno va descubriendo luces que se van encendiendo en su corazón… ya sea sentir que el amor incondicional no necesita de la presencia física de nuestros hijos para seguir amándolos… ya sea que se comprenda la inutilidad de los ¿por qué? tan repetidos sin eco que responda… ya sea que los ¿si yo hubiera o no hubiera? solo sirven para prolongar insomnios… ya sea que no transformemos a nuestros hijos en nuestros verdugos… ya que aceptemos la realidad… no mirar hacia atrás…  no olvidarse de los hermanos que quedan… preservar la familia… transformarnos en los artífices de nuestra propia vida… darnos una segunda oportunidad… una transformación interior… no fomentar la catarsis… la libertad de elegir… una revolución cultural… y más.

       Llegará también el día, en que mirando a nuestro alrededor a los hermanos, familiares, amigos y a la comunidad, asumamos la responsabilidad de derramar nuestra luz, como el faro que a la vez de iluminar, no puede alejar de sí la luz, como reza el pensamiento oriental “Quien enciende una antorcha para iluminar el camino de otro, está iluminando su propio camino”, reflejado en el pensamiento de Víctror Frankl “El hombre que se levanta por encima de su dolor para ayudar  a un hermano que sufre, trasciende como ser humano”.

                                             

                                                               Viernes 26 de septiembre de 2014

 

        Con el recuerdo más dulce que pueda existir para nuestra querida Ana Zaida.

 

                          Enrique, Ana Doris  y Ulises

De Renacer Congreso – Montevideo, Uruguay

“Por la Esencia de Renacer